Tecnicolor
Junio 3, 2009
Almendra caminaba entre la gente sintiendo haber recobrado el milagro. Le quedaba sólo una capa semi transparente. Una a una se le habían diluído en un par de horas, casi todas. Todavía vestía la última. Antes de enfrentar la batahola se puso todos los colores al mismo tiempo, era una cuestión de actitud. Probó violeta y rojo. No, cara pálida. Un poco de rubor, ojos tristes. Bufanda verde sobre violeta y fondo rojo. Ojeras. Recordó la prenda mágica que había traído de una travesía tortuosa a lo marcopolo desde la latitud cero, el centro del mundo, al menos uno de sus vértices. Lo buscó en el cajón de las ropas que abrazan cálidamente. No estaba. Debajo de la cama. Tampoco, pero sí otras cosas perdidas. Se había fugado al cajón de la ropa ligera. Ahí estaba. Ya era tarde, pero había que encontrar los colores que le devolvieran el alma. Se calzó de una vez amarillos, verdes, naranjas, rojos y azules. Su rostro embelleció, recuperó la luz. Llegó muy tarde pero su entrada fue impactante, colores hipnóticos los tenían a todos atrapados. Estaban hechizados, abrían la boca y sólo les salía colores que se reflejaban en sus pupilas. Hasta que cada uno volvió a lo suyo. La consigna era jugar, la respuesta fue delirar. De repente vio muertos en sus cajones gritando “¡estoy aburrido!”, todos estallaron; mientras, una mirada tímida y esquiva le sacaba la primera capa por la derecha, al fondo. Convirtió al mundo en una piñata, los metió a todos adentro hasta que alguien la pinchó, quedaron encantados. La mirada más fogosa la tenía enfrente y estaba inquieta, cambiaba de punto de vista a cada rato, la ruborizaba. Cayeron cinco capas. Estaba segura que ésa era la mirda que enviaba la hoguera más intensa, apostaba que sería la quemadura más profunda. Pero no podía sostenerla, quemaba demasiado, escupía fuego, casi ahogaba. Convirtió el conflicto en puflitos y una quiso ser puflito verde y otro eligió ser rojo, el hechizo fncionaba, sólo tenía que pedir la maravilla y la maravilla se representaba. Sin embargo, la mirada que le interesaba era la de la izquierda, la prohibida, la que tenía dueña, la esquivaba, pero estaba ahí, clavada en sus colores, disimulaba, pero cada vez menos, y el milagro galopaba. Casi no quedaban capas. Salió despojada, renovada, plena, fútil, ligera, casi transparente. Miraba su sombra que iba al frente y sentía que danzaba, caminaba feliz, con swing, una sombra alegre la guiaba. Recordó las horas que cultivaron las ojeras y un leve dolor de nuca la obligó a ladear la cabeza, gracias a esa inclinación inesperada descubrió, lejana, desauciada, atrapándola en la mira, unos ojos que alguna vez fueron suyos. Se le congelaron encima por un segundo, era una mirada que necesitaba un abrazo cálido y se quedó fascinada en sus colores, pero de repente, como avergonzados de haber sido descubiertos, los ojos cruzaron la calle y se fueron en sentido opuesto. La última capa cayó. Almendra se sintió desnuda, y el frío le recordó el cansancio, la lejanía del refugio, extrañó las capas dejadas en el camino y el viento la llevó despavorida, ya no danzaba, se escabullía, desnuda entre las sombras, intentando que nadie más la mirara.