Marizibill
Abril 29, 2009
Marizibill le debía el nombre a Guillaume. Caminaba por Haute-Rue cada noche, en isla Formose; había sido arrojada de un burdel de Shangai. María Isabel vivía en Formosa, le debía el nombre a una virgen y a una reina, se ganaba la vida, y también la muerte en cómodas cuotas, traficando drogas bajo su vestido a través del río Paraguay. Marizibill, en cambio, se lo sacaba para vender su cuerpo a un tipo con olor a ajo -¿qué le importaba a Apollinaire que fuera judío?-. María Isabel se lo ponía con parsimoniosa ceremonia para que luego todo estuviera deshecho al momento de lanzarse al agua, nadar hasta la orilla y huir a gatas por un pastizal. Marizibill está agotada, ha recibido demasiados golpes esta noche, y el hombre con el corazón que bate como una puerta la jala de los pelos ensangrentados hacia el pastizal. A María Isabel le han dado un disparo en la espalda. A Marizibill se le escurre la vida por unas cuantas puñaladas. Ambas se arrastran agonizantes, se buscan, se toman de las manos, se miran a los ojos de fuego mal apagado -una con agua de río, la otra con agua de mar-. Lo último que se atreven a recordar es el hocico de Cervero -el perro que nunca ladró- husmeando sus muertes.